Un martes cualquiera
Son las nueve de un martes. Cerraste hace tres horas y el teléfono sigue sonando. Uno pregunta
si te queda la mediana. Otro quiere saber si mandás a Cartago. Un tercero manda una foto y
escribe ¿este cuánto?
Contestás los tres mientras cenás. Dos compran, uno no vuelve a escribir. Al del envío le
decís que averiguás mañana, y mañana se te pasa.
Así es hoy.
Unos meses después es otro martes a las nueve. El teléfono vuelve a sonar, pero ya no es
alguien preguntando. Es la notificación de un pedido que entró solo, pagado, con la dirección
puesta, de una señora de Liberia que no vas a conocer nunca.
Mañana lo empacás. Pasado se entrega. Esa señora nunca te escribió, nunca preguntó un precio
y nunca supo que dudaste en poner la tienda. Encontró lo que buscaba, vio cuánto costaba y lo
compró.
Cuando eso pasa varias veces por semana, el negocio deja de depender de que vos estés
disponible. Y ahí es donde empieza a crecer sin que trabajés más horas.
Nada de eso pasa por tener una página linda. Pasa cuando la tienda está bien armada por
debajo, que es lo que hacemos nosotros y de lo que hablamos más abajo.